EL FRAUDE DEL CRISTIANISMO (5/5)-CONCLUSIONES

 

La serie sobre el fraude del cristianismo llega a sus conclusiones y cabe destacar que este es un artículo ineludible, que toda persona con una mente abierta y libre, debería leer.

En los anteriores capítulos de esta serie sobre la fraudulenta fundación del Cristianismo, el investigador Fernando Conde Torrens, ha expuesto tres paquetes de pruebas bien diferenciados, referentes a la evidencia de la redacción de los evangelios en dos etapas, la existencia de esas señales secretas ocultas en el texto llamadas Acrósticos y finalmente las evidencias claras que se pueden encontrar en la escritura con estructura, propia de la antigüedad.

En este último escrito, Conde Torrens expone sus conclusiones, más demoledoras aún que todas las pruebas que ha presentado hasta ahora…


Tenemos un problema a la hora de sacar conclusiones relativas a nuestras creencias, a la doctrina que se ha predicado desde siempre en nuestra tierra. Y es que nuestra mentalidad ha crecido y se ha desenvuelto durante toda nuestra existencia en ese engaño.

Nos ocurre como al pobre hombre encerrado de por vida en la caverna de Platón. Cuando se le ofrece la posibilidad de salir a la luz del Sol, hasta es posible que quede deslumbrado y prefiera volver a la caverna.

Es necesario un cambio de paradigma, palabra que no he utilizado apenas en mi vida. Hay que cambiar el escenario. Y eso requiere que cambiemos nuestras meninges, nuestra forma de razonar. Debemos ser conscientes de que hemos sido engañados. Hemos vivido engañados toda nuestra vida.

Y ese engaño no sólo nos afecta a nosotros. Afecta a toda nuestra sociedad. Toda nuestra sociedad occidental está asilvestrada, salvaje, en lo que a educación para la vida se refiere.

Una doctrina que eduque para la vida tiene que cumplir al menos tres objetivos:

1. Tiene que facilitar la Felicidad en este mundo, que quien la sigue avance hacia ella y sea consciente de ello.

2. Tiene que ayudar al humano a evolucionar, a madurar, a crecer internamente, a desarrollar sus facultades más valiosas, a impulsar su sentido crítico, a darle confianza en sí mismo, en vez de hacerle dependiente de otros, en vez de volverlo infantil.

3. Tiene que prepararnos para el salto al Más Allá. Ha de explicar, y permitir confirmar al que la sigue, lo que hay después de la muerte, y no hacer de eso un tabú sobre el que nadie debe ni investigar.

Todo eso lo daba el Conocimiento que surgió en Grecia. Y Lactancio y sus manías nos han privado de ello. Y se necesita eso para convertirnos en humanos plenos, para saber en lugar de creer, para Ser.

Ha faltado la Ética. Ha faltado todo. Ha faltado la enseñanza de la manera correcta de comportarnos en la vida. Y, como consecuencia, han medrado los peores. Porque no han tenido freno, porque quienes se lo debían poner, los guías, eran tan ignorantes y corruptos como ellos. Los supuestos educadores estaban en blanco, eran los que menos sabían, porque eran los sembradores de la ignorancia, los propagadores del vacío conceptual.

Es la nuestra una civilización cimentada en la ignorancia. No hemos avanzado en 1.700 años … Peor aún. Lo que se sabía y se enseñaba desde el año 400 antes del cambio de era hasta el 300, todo el saber humano acumulado en ese tiempo, todo eso se ha perdido. Por culpa de tres individuos indignos de enseñar nada a nadie: Lactancio, Constantino y Teodosio.

Lactancio, un latifundista metido a ideólogo, que no debía haber tenido la ascendencia que tuvo. Ignorante, entró en el terreno de las Ideas como un elefante en una cacharrería, ciego e inconsciente de todo lo que destrozaba. Lo tenía todo que aprender, no era capaz de enseñar nada a nadie. ¡Y es el fundador de la religión de Occidente, el que él llamó “Cristianismo”!

Constantino, un joven ambicioso e inconsciente, que accedió al poder por ser hijo de su padre. Que lo aumentó por su ambición y sus conocimientos militares, y que invadió el terreno de las conciencias, como si, por ser el Emperador, todo le estuviera permitido.

Ordenó matar a su primogénito, Crispo, a su mujer, Fausta, a su cuñado, Licinio, y a su sobrino, Liciniano, un niño de apenas 10 años. En crueldad para con su familia sólo fue superado por Herodes, que ordenó matar a su mujer, Marianne, y a tres de sus hijos; al primogénito cuando estaba Herodes en su lecho de muerte.

Y a este pequeño monstruo de maldad, los historiadores cristianos de su siglo le apodaron Constantino el Grande, porque les había dado carta de naturaleza.

Y Teodosio, otro Emperador militar del todo inconsciente de hasta dónde llegaba su poder. Si en su tiempo el Cristianismo inventado por Constantino era la religión favorecida desde el poder, Teodosio decretó que fuera la única permitida, prohibiendo testar a los que no fueran cristianos. Con eso logró que todo el Imperio se convirtiera.

Esto, amigo lector, es una invasión en toda regla. Personas ignorantes e incompetentes se entrometen en un terreno que desconocen y, por el poder que les han dado, imponen sus criterios, todos ellos mucho peores que los que regían en la época.

Algo parecido ocurrió con las invasiones de los pueblos llamados “bárbaros” por los romanos; los que no eran romanos, los vecinos del Norte. Eran más fuertes y entraron a sangre y fuego en el Imperio. Y toda la civilización alcanzada por Roma, heredada de Grecia y los demás Imperios que Roma había conquistado y asimilado, todo eso se perdió.

Con Roma, en mi ciudad, Pamplona, había alcantarillas y Termas. Tras las invasiones del siglo V dejó de haberlas. Y las primeras alcantarillas que se construyeron en Pamplona lo fueron en tiempos de Napoleón, por los franceses, en 1.802 aproximadamente. Las termas, mucho después. Catorce siglos largos de retraso.

Con los tres infaustos personajes antes citados, el atraso en el mundo de la Ideas, de las doctrinas, fue de 17 siglos, si somos optimistas, y de 24, si tenemos en cuenta todo lo destruido por tales especimenes, si contamos a qué fecha nos remontamos, al año 400 AEC. A esa fecha nos han retrotraído.

¿Y ahora, qué?

Lo primero, debemos conocer la Historia auténtica. Porque la que nos han contado, y que muchos historiadores y Enciclopedias dan por buena, es un fraude, una estafa, un insulto a nuestra inteligencia.

La realidad es que en todas las civilizaciones antiguas alguien llegó al Conocimiento. Al Conocimiento de cómo es la naturaleza humana, de qué hacemos aquí, y de cómo llegar a esa meta. Este Conocimiento, en Occidente, surgió en la Grecia del siglo VI Antes de la Era Común (AEC).

A largo de los siglos siguientes,
Pitágoras de Samos,
Anaxágoras de Claxomenes,
Empedocles de Agrigento,
Parménides de Elea,
Demócrito de Abdera,
Heráclito de Éfeso,
Sócrates de Atenas,
Zenón de Zitio,
Epicuro,
Diógenes de Sínope – fundadores, estos tres últimos, de las Escuelas
estoica, epicúrea y cínica – sus directores,
Cleantes,
Crisipo;
Epicteto, ya en el siglo I de nuestra era,
Ammnio Saccas, en Alejandría
Plotino, en Roma en el siglo II, hasta llegar a
Hipatia de Alejandría, avanzado ya el siglo IV

explicaron ese Conocimiento en Escuelas de Conocimiento, a sus contemporáneos, y en libros, a las generaciones posteriores.

Pero la intolerancia agresiva de Lactancio, que invadió todas las obras “cristianas” primitivas, se contagió a sus seguidores. La paranoia de Lactancio pretendía que la religión que él había inventado era la única verdadera. Realmente, actuaba por temor a la ira de Dios, que iba a mandar el fin del mudo romano.

Y sus seguidores arremetieron contra todas las doctrinas no cristianas y las sepultaron. Quemaron sus libros, arrasaron sus Templos y cerraron las Escuelas de Conocimiento. Y no quedó nada, prácticamente nada. Sólo la doctrina de Lactancio, que tomó el nombre de un fundador inexistente, Jesucristo, el Cristianismo.

Y luego siguieron mil setecientos años de oscurantismo, ignorancia y ausencia de formación de la población entera de Europa, que luego sería de América y parte de Oceanía, conforme los europeos hicieron lo que Roma antaño, conquistar, someter y saquear a los vecinos más débiles. Con la ventaja de los avances de la navegación, que puso a su alcance todo el globo.

¿Frenos éticos? Ninguno. Los principios de Lactancio eran el miedo al fin del mundo y el afán de aplacar al Dios Único, celoso de adoración por parte de los ciudadanos romanos. Su moral, elemental, la que suponía una cierta meta para los egipcios de hace 3.000 años.

Aquí tenemos el viejo paradigma y el nuevo. La aceptación ciega de los desvaríos de un fanático, el viejo, y la vuelta al sentido común y al interés por el ser humano, el nuevo, que debemos iniciar, reconstruir.

Debemos elevarnos sobre nuestra situación cotidiana, y considerar la historia en la que estamos inmersos, la historia de la tribu. Ver sus puntos débiles y corregirlos.

Averiguado el vergonzoso proceso mediante el que nacieron las que han sido nuestras creencias, el Cristianismo, me pareció que la mejor forma de divulgarlo era relatarlo en una novela histórica, una novela que explicara la historia real de cómo sucedieron los hechos en ese horroroso siglo IV, donde Europa y Occidente se hundieron, esperemos que no para siempre.

Y porque el proceso es impresentable, inaudito, de los que dan ganas de vomitar, sus defensores, los que viven de la falsificación “cristiana”, deben ocultarlo por todos los medios. No pueden ni siquiera aceptar que sus orígenes fueron los que fueron. No pueden reconocer su nacimiento.

Y por eso no quieren enterarse, no quieren saber, no quieren leer. Y ponen todo tipo de excusas para justificar que rechazan, desprecian y critican con toda fuerza algo que no quieren, que no pueden conocer.

Y es que no hay defensa, no hay argumentación posible. Las pruebas son tan evidentes, tan demoledoras, están por escrito, son fehacientes, imborrables: Los propios capítulos de todo el Nuevo Testamento: Los Evangelios, las falsas Epístolas de Pablo, la de Santiago, las 3 Cartas de Juan, las 3 de Pedro y la de Judas, todas ellas obras de Lactancio y Eusebio de Cesarea, en el siglo IV. Una inmensa falsificación.

Lo he dicho en varios entrevistas: “Tengo ganas de que al menos un detractor, un defensor de la falsificación, me diga: “Sr. Conde, en la página tal de su libro está Vd. equivocado.” Y me dé una razón. Aún no ha pasado.

Sí ha pasado – y se puede rastrear en varias discusiones tenidas en medios de comunicación virtuales – que ha habido detractores, cuatro, que han accedido a leer el libro. Todos ellos han desaparecido de la escena. No han podido seguir argumentando. En lo sucesivo su postura ha sido “No sabe, no responde”. Me hubiera gustado que hubieran sido nobles y hubieran dado señales de vida. No hacía falta que se disculparan, sólo que retiraran sus objeciones … Pero no.

No tiene sentido, es absurdo, que una minoría, que todavía vive en y del viejo paradigma, imponga su ignorancia a una mayoría que lo ha superado ya. En este país, no más del 20 % cree todavía en las viejas doctrinas de Lactancio, mientras que mas del 80 % las ha desechado. Pero los que tienen más medios, los menos evolucionados, siguen manteniendo la ficción, nos siguen engañando a la mayoría. Mientras se les permita, con la inacción, con el conformismo, con la apatía y la visión a corto plazo.

Debe cambiar el medio, el ambiente, la Ética de nuestra sociedad. Hay que desechar los rumbos equivocados, que nos conducen cada vez más lejos de la meta a la que tenemos derecho, nuestra propia Evolución, nuestra maduración, nuestro crecimiento.

Manifestar nuestra exigencia de que dejen de educar a nuestros pequeños con una doctrina falsa que castra nuestra Evolución. Exigir que cambie la educación y se enseñe lo que Lactancio, Constantino y Teodosio abolieron, el Conocimiento que se enseñaba en Grecia ya en tiempos de Sócrates, que murió por divulgarlo poco antes del año 400 AEC.

Revestirnos de Ética y exigir lo mismo a nuestros gobernantes, rechazando a los que no la siguen. Dotarnos de gobiernos éticos, dando nosotros ejemplo.

Enterarnos de en qué consiste el Conocimiento que se enseñaba en Roma y en Grecia antes del año 300, e incorporarlo a nuestro día a día.

Me viene a la memoria un dicho que circuló en España en los últimos años del franquismo: “Un pueblo tiene el régimen político que se merece.” Trasladado a hoy sería: “Un pueblo tiene el gobierno que se merece.”

Pero no se piense que la solución vendrá de fuera, ni siquiera de un gobierno más centrado en la Ética. Habrá de sustentarlo cada uno con su proceder diario.

Porque depende de muchos es tan virtual. Pero también, porque es cuestión de muchos, su fuerza será tan grande.

La Caja de Pandora. Génesis del Cristianismo. Día 14-11-2.016

Vía:El Robot Pescador

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